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A diferencia
de la pintura, la novela, el teatro o la poesía, donde las
obras tienen un padre conocido y, muy frecuentemente, reconocido,
las películas son hijas de mil padres. No cabe duda de que
en el resultado final hay aportaciones de los firmantes del guión,
el decorado, el vestuario, la música y la dirección
global. Aunque, no en todas las películas tiene el mismo
peso cada oficio.
Unos reclaman el título de autores o propietarios morales;
de hecho y al margen del sueldo que en su día hayan percibido,
el guionista, el músico y el director cobran derechos de
autor en los futuros pases televisivos o en las salas. Pero desde
el punto de vista económico-industrial sólo las compañías
productoras son las propietarias: recuerde el lector cómo
los productores norteamericanos han coloreado filmes clásicos
haciendo valer sus derechos y pasando por encima de los directores
y guionistas.
Hay productores muy padres de sus obras, pero creo que lo decisivo
es el guión y la dirección; no en vano los autores
de los nuevos cines europeos y latinoamericanos siempre fueron guionistas-directores.
El problema viene cuando -como en El fantasma de la ópera
que firman Andrew Lloyd Webber como músico, guionista y productor,
y Joel Schumacher como director- una película (2004) adapta
al celuloide un espectáculo musical (1986) que ha conocido
mil puestas en escena en teatros de todo el mundo y que, a su vez,
se inspira en una novela (1911). Y el espectador se queda de piedra
cuando el citado músico y productor aparece acreditado como
guionista mientras se omite por completo la obra literaria de Gaston
Leroux.
J.L. Sánchez Noriega
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