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Por supuesto que el cine es imaginación,
fantasía, ficción o, como se suele decir, fábrica
de sueños. Y ahí está el cine comercial para
recordarlo cada semana con historias que nos proyectan hacia otros
mundos. Y, lo que es peor, muy frecuentemente nos hacen olvidar
el que vivimos.
Diríase también que hemos olvidado nuestros orígenes,
cuando los Lumière no hacían sino filmar "vistas",
y nuestra historia: en los años veinte las vanguardias que
documentaron la vida de las grandes ciudades en las justamente llamadas
"sinfonías urbanas"; en los treinta, antes de la
televisión, el cine documental que en el Reino Unido y en
Norteamérica (Estados Unidos y Canadá) filmó
los procesos industriales, las condiciones de trabajo o la depresión
económica. O, en la Guerra Civil española, cuando
por primera vez las películas se convirtieron en arma político-bélica.
Pero la realidad siempre acaba vengándose. Y el Festival
de Cannes de 2004, con su premio a Farenheit 9/11, del incómodo
Michael Moore, nos ha recordado la importancia del documental, revalidada
en la campaña electoral norteamericana. Desde 1956 no sucedía
algo similar, cuando se concedió la palma de oro a El mundo
del silencio (Louis Malle y Y-J. Cousteau) y el premio especial
del jurado recayó en El misterio Picasso (Henri-Georges Clouzot).
Un título que se suma a los magníficos documentales
que han desfilado por nuestras pantallas en los últimos tiempos,
entre los que se encuentran la comprometida La guerrilla de la memoria
(Javier Corcuera), la contemplativa En construcción (José
Luis Guerin), la testimonial El efecto Iguazú (Pere Joan
Ventura), la emotiva observación Suite Habana (Fernando Pérez)
o la educadora Ser y tener (Nicolas Philibert).
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