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Se oscurece la sala. Las miradas infantiles
contemplan la pantalla. Son los niños de Cinema Paradiso
que se agitan, los protagonistas de Au revoir les enfants, Los cuatrocientos
golpes, Las cenizas de Ángela... reciben, a través
de las imágenes, miles de sensaciones inimaginables que les
permiten vivir una vida diferente: salir de la pantalla, como en
La rosa púrpura de El Cairo; bailar, como Billy Elliot; cantar,
como Los chicos del coro; vivir aventuras, como en La princesa prometida;
contemplar la crueldad de la guerra, como en El pianista, Silencio
roto o La vida es bella; sufrir, con El bola o los chicos de Barrio;
apostar por la convivencia, como en Quiero ser como Beckam, como
en Oriente es Oriente; amar la tierra que pisamos, como en Dersu
Uzala o Un lugar en el mundo; sentir la magia de Big fish y Harry
Potter, el misterio de El sexto sentido; crecer con Amélie
y Machuca; emocionarse con Héctor y Osama; rebelarse, como
en Hoy empieza todo: gritar con Elephant, Thirtheen o American history
X; reír con Oh brother! y los Granujas de medio pelo; pasear
bajo el cielo de La luna de Avellaneda, las calles de El show de
Truman y los pasillos de Planta 4ª; descubrir la sensualidad
de Belle époque, de Malena; el desamor en Eres mi héroe
o Más pena que Gloria; despertar a la injusticia con los
niños de En el mundo a cada rato o La espalda del mundo;
sentirse vivos en Temporada de patos, amigos en La lengua de las
mariposas, hijos en Roma; tomarse un Café irlandés
después de comer en Como agua para chocolate; viajar por
la mitología con Troya o Ulises; por la historia, con Tierra
y libertad; por las Matemáticas, con Una mente maravillosa;
por la Naturaleza, con Los últimos días del Edén;
por la Literatura, con Los santos inocentes; por los idiomas, con
Una casa de locos; por este mundo absurdo, con Amanece que no es
poco...
Una película es un mundo que nos inunda, algo más
que efectos especiales, algo más que rubitos adolescentes
descerebrados que celebran hallowey, algo más que polis de
pacotilla en cuatro ele, algo más que muñecos diabólicos...Las
superproducciones utilizan su escaso talento en la publicidad, ocultando
su auténtico interés que no es otro sino que consumamos
cine (a ser posible con palomitas) y así, los jóvenes
de nuestros colegios e institutos sucumben con facilidad a los cantos
de sirena de las multinacionales.
Sean nuestras escuelas antídotos visionarios, donde las imágenes
queden tamizadas por la crítica y la sensibilidad, donde
permanezcan abiertas las ventanas de la imaginación.
Carlos Moreno
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